Pruebas de la condena
Hace muchos años, cuando enseñaba Moral a los alumnos de secundaria, siempre me gustaban sus respuestas a una tarea que les asignaba.
Les expliqué que en los primeros tiempos de la Iglesia, ser cristiano se consideraba un delito, castigado con la muerte. Entonces les preguntaba: si esto seguía siendo cierto, ¿podían ser condenados? ¿Qué pruebas podrían aportar para demostrar que eran cristianos?
En la segunda lectura de hoy de Filipenses, Pablo ofrece un reto similar: "Tu bondad debe ser conocida por todos". ¿Mi bondad es conocida por todos? En palabras de aquel viejo himno familiar, ¿"sabrán que somos cristianos por nuestro amor"?
Por si acaso necesitamos ayuda, el Evangelio nos ofrece algunos ejemplos muy prácticos. Comparte tu abrigo con quien no lo tiene. Del mismo modo, comparte tu comida con los necesitados. Y, por último, sé honesto en tu trato con los demás y confórmate con lo que tienes.
Además, para que nuestra bondad sea conocida por todos, no basta con actos de bondad individuales. Tenemos que participar en esfuerzos colectivos en favor de los que no tienen voz, como los emigrantes y los niños, y en favor de nuestro planeta.
Con este reto en mente, haríamos bien en recordar el desafío que a menudo se atribuye a San Francisco de Asís: "Predicad siempre el Evangelio; si es necesario, usad palabras".
Eileen Reilly es una Hermana Escolar de Notre Dame (SSND), del personal de la Catholic Mobilizing Network, la organización nacional que trabaja para poner fin a la pena de muerte, avanzar en la justicia y comenzar la curación.